Il Piccolo Principe / El Principito — czytaj online. Strona 4

Włosko-hiszpańska dwujęzyczna książka

Antoine de Saint-Exupéry

Il Piccolo Principe

Antoine de Saint-Exupéry

El Principito

«Se ordinassi a un generale di volare da un fiore all’altro come una farfalla, o di scrivere una tragedia, o di trasformarsi in un uccello marino; e se il generale non eseguisse l’ordine ricevuto, chi avrebbe torto, lui o io?»

— Si yo le diera a un general la orden de volar de flor en flor como una mariposa, o de escribir una tragedia, o de transformarse en ave marina y el general no ejecutase la orden recibida ¿de quién sería la culpa, mía o de él?

«L’avreste voi», disse con fermezza il piccolo principe.

— La culpa sería de usted —le dijo el principito con firmeza.

«Esatto. Bisogna esigere da ciascuno quello che ciascuno può dare», continuò il re. «L’autorità riposa, prima di tutto, sulla ragione. Se tu ordini al tuo popolo di andare a gettarsi in mare, farà la rivoluzione. Ho il diritto di esigere l’ubbidienza perché i miei ordini sono ragionevoli».

— Exactamente. Sólo hay que pedir a cada uno, lo que cada uno puede dar —continuó el rey. La autoridad se apoya antes que nada en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, el pueblo hará la revolución. Yo tengo derecho a exigir obediencia, porque mis órdenes son razonables.

«E allora il mio tramonto?» ricordò il piccolo principe che non si dimenticava mai di una domanda una volta che l’aveva fatta.

— ¿Entonces mi puesta de sol? —recordó el principito, que jamás olvidaba su pregunta una vez que la había formulado.

«L’avrai il tuo tramonto, lo esigerò, ma, nella mia sapienza di governo, aspetterò che le condizioni siano favorevoli».

— Tendrás tu puesta de sol. La exigiré. Pero, según me dicta mi ciencia gobernante, esperaré que las condiciones sean favorables.

«E quando saranno?» s’informò il piccolo principe.

— ¿Y cuándo será eso?

«Hem! hem!» gli rispose il re che intanto consultava un grosso calendario, «hem! hem! sarà verso, verso, sarà questa sera verso le sette e quaranta! E vedrai come sarò ubbidito a puntino».

— ¡Ejem, ejem! —le respondió el rey, consultando previamente un enorme calendario—, ¡ejem, ejem! será hacia… hacia… será hacia las siete cuarenta. Ya verás cómo se me obedece.

Il piccolo principe sbadigliò. Rimpiangeva il suo tramonto mancato. E poi incominciava ad annoiarsi.

El principito bostezó. Lamentaba su puesta de sol frustrada y además se estaba aburriendo ya un poco.

«Non ho più niente da fare qui», disse al re. «Me ne vado».

— Ya no tengo nada que hacer aquí —le dijo al rey—. Me voy.

«Non partire», rispose il re che era tanto fiero di avere un suddito, «non partire, ti farò ministro!»

— No partas —le respondió el rey que se sentía muy orgulloso de tener un súbdito—, no te vayas y te hago ministro.

«Ministro di che?»

— ¿Ministro de qué?

«Di… della giustizia!»

— ¡De… de justicia!

«Ma se non c’è nessuno da giudicare?»

— ¡Pero si aquí no hay nadie a quien juzgar!

«Non si sa mai», gli disse il re. «Non ho ancora fatto il giro del mio regno. Sono molto vecchio, non c’è posto per una carrozza e mi stanco a camminare».

— Eso no se sabe —le dijo el rey—. Nunca he recorrido todo mi reino. Estoy muy viejo y el caminar me cansa. Y como no hay sitio para una carroza…

«Oh! ma ho già visto io», disse il piccolo principe sporgendosi per dare ancora un’occhiata sull’altra parte del pianeta. «Neppure laggiù c’è qualcuno».

— ¡Oh! Pero yo ya he visto… —dijo el principito que se inclinó para echar una ojeada al otro lado del planeta—. Allá abajo no hay nadie tampoco..

«Giudicherai te stesso», gli rispose il re. «È la cosa più difficile. È molto più difficile giudicare se stessi che gli altri. Se riesci a giudicarti bene è segno che sei veramente un saggio».

— Te juzgarás a ti mismo —le respondió el rey—. Es lo más difícil. Es mucho más difícil juzgarse a sí mismo, que juzgar a los otros. Si consigues juzgarte rectamente es que eres un verdadero sabio.

«Io», disse il piccolo principe, «io posso giudicarmi ovunque. Non ho bisogno di abitare qui».

— Yo puedo juzgarme a mí mismo en cualquier parte y no tengo necesidad de vivir aquí.

«Hem! hem!» disse il re. «Credo che da qualche parte sul mio pianeta ci sia un vecchio topo. Lo sento durante la notte. Potrai giudicare questo vecchio topo. Lo condannerai a morte di tanto in tanto. Così la sua vita dipenderà dalla tua giustizia. Ma lo grazierai ogni volta per economizzarlo. Non ce n’è che uno».

— ¡Ejem, ejem! Creo —dijo el rey— que en alguna parte del planeta vive una rata vieja; yo la oigo por la noche. Tu podrás juzgar a esta rata vieja. La condenarás a muerte de vez en cuando. Su vida dependería de tu justicia y la indultarás en cada juicio para conservarla, ya que no hay más que una.

«Non mi piace condannare a morte», rispose il piccolo principe, «preferisco andarmene».

— A mí no me gusta condenar a muerte a nadie —dijo el principito—. Creo que me voy a marchar.

«No», disse il re.

— No —dijo el rey.

Ma il piccolo principe che aveva finiti i suoi preparativi di partenza, non voleva dare un dolore al vecchio monarca:

Pero el principito, que habiendo terminado ya sus preparativos no quiso disgustar al viejo monarca, dijo:

«Se Vostra Maestà desidera essere ubbidito puntualmente, può darmi un ordine ragionevole. Potrebbe ordinarmi, per esempio, di partire prima che sia passato un minuto. Mi pare che le condizioni siano favorevoli…»

— Si Vuestra Majestad deseara ser obedecido puntualmente, podría dar una orden razonable. Podría ordenarme, por ejemplo, partir antes de un minuto. Me parece que las condiciones son favorables…

E siccome il re non rispondeva, il piccolo principe esitò un momento e poi con un sospiro se ne partì.

Como el rey no respondiera nada, el principito vaciló primero y con un suspiro emprendió la marcha.

«Ti nomino mio ambasciatore», si affrettò a gridargli appresso il re.

— ¡Te nombro mi embajador! —se apresuró a gritar el rey.

Aveva un’aria di grande autorità.

Tenía un aspecto de gran autoridad.

Sono ben strani i grandi, si disse il piccolo principe durante il viaggio.

“Las personas mayores son muy extrañas”, se decía el principito para sí mismo durante el viaje.

XI

XI

Il secondo pianeta era abitato da un vanitoso.

El segundo planeta estaba habitado por un vanidoso:

«Ah! ah! ecco la visita di un ammiratore», gridò da lontano il vanitoso appena scorse il piccolo principe.

— ¡Ah! ¡Ah! ¡Un admirador viene a visitarme! —Gritó el vanidoso al divisar a lo lejos al principito.

Per i vanitosi tutti gli altri uomini sono degli ammiratori.

Para los vanidosos todos los demás hombres son admiradores.

«Buon giorno», disse il piccolo principe, «che buffo cappello avete!»

— ¡Buenos días! —dijo el principito—. ¡Qué sombrero tan raro tiene!

«È per salutare», gli rispose il vanitoso. «È per salutare quando mi acclamano, ma sfortunatamente non passa mai nessuno da queste parti».

— Es para saludar a los que me aclaman —respondió el vanidoso. Desgraciadamente nunca pasa nadie por aquí.

«Ah sì?» disse il piccolo principe che non capiva.

— ¿Ah, sí? —preguntó sin comprender el principito.

«Batti le mani l’una contro l’altra», consigliò perciò il vanitoso.

— Golpea tus manos una contra otra —le aconsejó el vanidoso.

Il piccolo principe batté le mani l’una contro l’altra e il vanitoso salutò con modestia sollevando il cappello.

El principito aplaudió y el vanidoso le saludó modestamente levantando el sombrero.

«È più divertente che la visita al re», si disse il piccolo principe, e ricominciò a battere le mani l’una contro l’altra. Il vanitoso ricominciò a salutare sollevando il cappello.

“Esto parece más divertido que la visita al rey”, se dijo para sí el principito, que continuó aplaudiendo mientras el vanidoso volvía a saludarle quitándose el sombrero.

Dopo cinque minuti di questo esercizio il piccolo principe si stancò della monotonia del gioco:

A los cinco minutos el principito se cansó con la monotonía de aquel juego.

«E che cosa bisogna fare», domandò, «perché il cappello caschi?»

— ¿Qué hay que hacer para que el sombrero se caiga? —preguntó el principito.

Ma il vanitoso non l’intese. I vanitosi non sentono altro che le lodi.

Pero el vanidoso no le oyó. Los vanidosos sólo oyen las alabanzas.

«Mi ammiri molto, veramente?» domandò al piccolo principe.

— ¿Tú me admiras mucho, verdad? —preguntó el vanidoso al principito.

«Che cosa vuol dire ammirare?»

— ¿Qué significa admirar?

«Ammirare vuol dire riconoscere che io sono l’uomo più bello, più elegante, più ricco e più intelligente di tutto il pianeta».

— Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más bello, el mejor vestido, el más rico y el más inteligente del planeta.

«Ma tu sei solo sul tuo pianeta!»

— ¡Si tú estás solo en tu planeta!

«Fammi questo piacere. Ammirami lo stesso!»

— ¡Hazme ese favor, admírame de todas maneras!

«Ti ammiro», disse il piccolo principe, alzando un poco le spalle, «ma tu che te ne fai?»

— ¡Bueno! Te admiro —dijo el principito encogiéndose de hombros—, pero ¿para qué te sirve?

E il piccolo principe se ne andò.

Y el principito se marchó.

Decisamente i grandi sono ben bizzarri, diceva con semplicità a se stesso, durante il suo viaggio.

“Decididamente, las personas mayores son muy extrañas”, se decía para sí el principito durante su viaje.

XII

XII

Il pianeta appresso era abitato da un ubriacone. Questa visita fu molto breve, ma immerse il piccolo principe in una grande malinconia.

El tercer planeta estaba habitado por un bebedor. Fue una visita muy corta, pues hundió al principito en una gran melancolía.

«Che cosa fai?» chiese all’ubriacone che stava in silenzio davanti a una collezione di bottiglie vuote e a una collezione di bottiglie piene.

— ¿Qué haces ahí? —preguntó al bebedor que estaba sentado en silencio ante un sinnúmero de botellas vacías y otras tantas botellas llenas.

«Bevo», rispose, in tono lugubre, l’ubriacone.

— ¡Bebo! —respondió el bebedor con tono lúgubre.

«Perché bevi?» domandò il piccolo principe.

— ¿Por qué bebes? —volvió a preguntar el principito.

«Per dimenticare», rispose l’ubriacone.

— Para olvidar.

«Per dimenticare che cosa?» s’informò il piccolo principe che cominciava già a compiangerlo.

— ¿Para olvidar qué? —inquirió el principito ya compadecido.

«Per dimenticare che ho vergogna», confessò l’ubriacone abbassando la testa.

— Para olvidar que siento vergüenza —confesó el bebedor bajando la cabeza.

«Vergogna di che?» insistette il piccolo principe che desiderava soccorrerlo.

— ¿Vergüenza de qué? —se informó el principito deseoso de ayudarle.

«Vergogna di bere!» e l’ubriacone si chiuse in un silenzio definitivo.

— ¡Vergüenza de beber! —concluyó el bebedor, que se encerró nueva y definitivamente en el silencio.

Il piccolo principe se ne andò perplesso.

Y el principito, perplejo, se marchó.

I grandi, decisamente, sono molto, molto bizzarri, si disse durante il viaggio.

“No hay la menor duda de que las personas mayores son muy extrañas”, seguía diciéndose para sí el principito durante su viaje.

XIII

XIII

Il quarto pianeta era abitato da un uomo d’affari. Questo uomo era così occupato che non alzò neppure la testa all’arrivo del piccolo principe.

El cuarto planeta estaba ocupado por un hombre de negocios. Este hombre estaba tan abstraído que ni siquiera levantó la cabeza a la llegada del principito.

«Buon giorno», gli disse questi. «La vostra sigaretta è spenta».

— ¡Buenos días! —le dijo éste—. Su cigarro se ha apagado.

«Tre più due fa cinque. Cinque più sette: dodici. Dodici più tre: quindici. Buon giorno. Quindici più sette fa ventidue. Ventidue più sei: ventotto. Non ho tempo per riaccenderla. Ventisei più cinque trentuno. Ouf! Dunque fa cinquecento e un milione seicento ventiduemila settecento trentuno».

— Tres y dos cinco. Cinco y siete doce. Doce y tres quince. ¡Buenos días! Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo tiempo de encenderlo. Veintiocho y tres treinta y uno. ¡Uf! Esto suma quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.

«Cinquecento milioni di che?»

— ¿Quinientos millones de qué?

«Hem! Sei sempre li? Cinquecento e un milione di… non lo so più. Ho talmente da fare! Sono un uomo serio, io, non mi diverto con delle frottole! Due più cinque: sette…»

— ¿Eh? ¿Estás ahí todavía? Quinientos millones de… ya no sé… ¡He trabajado tanto! ¡Yo soy un hombre serio y no me entretengo en tonterías! Dos y cinco siete…

«Cinquecento e un milione di che?» ripeté il piccolo principe che mai aveva rinunciato a una domanda una volta che l’aveva espressa.

— ¿Quinientos millones de qué? —volvió a preguntar el principito, que nunca en su vida había renunciado a una pregunta una vez que la había formulado.

L’uomo d’affari alzò la testa:

El hombre de negocios levantó la cabeza:

«Da cinquantaquattro anni che abito in questo pianeta non sono stato disturbato che tre volte. La prima volta è stato ventidue anni fa, da una melolonta che era caduta chissà da dove. Faceva un rumore spaventoso e ho fatto quattro errori in una addizione.

— Desde hace cincuenta y cuatro años que habito este planeta, sólo me han molestado tres veces. La primera, hace veintidós años, fue por un abejorro que había caído aquí de Dios sabe dónde. Hacía un ruido insoportable y me hizo cometer cuatro errores en una suma.

La seconda volta è stato undici anni fa per una crisi di reumatismi. Non mi muovo mai, non ho il tempo di girandolare. Sono un uomo serio, io. La terza volta… eccolo! Dicevo dunque cinquecento e un milione».

La segunda vez por una crisis de reumatismo, hace once años. Yo no hago ningún ejercicio, pues no tengo tiempo de callejear. Soy un hombre serio. Y la tercera vez… ¡la tercera vez es ésta! Decía, pues, quinientos un millones…

«Milioni di che?»

— ¿Millones de qué?

L’uomo d’affari capi che non c’era speranza di pace.

El hombre de negocios comprendió que no tenía ninguna esperanza de que lo dejaran en paz.

«Milioni di quelle piccole cose che si vedono qualche volta nel cielo».

— Millones de esas pequeñas cosas que algunas veces se ven en el cielo.

«Di mosche?»

— ¿Moscas?

«Ma no, di piccole cose che brillano».

— ¡No, cositas que brillan!

«Di api?»

— ¿Abejas?

«Ma no. Di quelle piccole cose dorate che fanno fantasticare i poltroni. Ma sono un uomo serio, io! Non ho il tempo di fantasticare».

— No. Unas cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre serio y no tengo tiempo de desvariar!

«Ah! di stelle?»

— ¡Ah! ¿Estrellas?

«Eccoci. Di stelle».

— Eso es. Estrellas.

«E che ne fai di cinquecento milioni di stelle?»

— ¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?

«Cinquecento e un milione seicento ventiduemila settecento trentuno. Sono un uomo serio io, sono un uomo preciso».

— Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. Yo soy un hombre serio y exacto.

«E che te ne fai di queste stelle?»

— ¿Y qué haces con esas estrellas?

«Che cosa me ne faccio?»

— ¿Que qué hago con ellas?

«Sì»

— Sí.

«Niente. Le possiedo».

— Nada. Las poseo.

«Tu possiedi le stelle?»

— ¿Que las estrellas son tuyas?

«Sì»

— Sí.

«Ma ho già veduto un re che…»

— Yo he visto un rey que…

«I re non possiedono. Ci regnano sopra. È molto diverso».

— Los reyes no poseen nada… Reinan. Es muy diferente.

«E a che ti serve possedere le stelle?»

— ¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?

«Mi serve ad essere ricco».

— Me sirve para ser rico.

«E a che ti serve essere ricco?»

— ¿Y de qué te sirve ser rico?

«A comperare delle altre stelle, se qualcuno ne trova».

— Me sirve para comprar más estrellas si alguien las descubre.

Questo qui, si disse il piccolo principe, ragiona un po’ come il mio ubriacone.

“Este, se dijo a sí mismo el principito, razona poco más o menos como mi borracho”.

Ma pure domandò ancora:

No obstante le siguió preguntando:

«Come si può possedere le stelle?»

— ¿Y cómo es posible poseer estrellas?

«Di chi sono?» rispose facendo stridere i denti l’uomo d’affari.

— ¿De quién son las estrellas? —contestó punzante el hombre de negocios.

«Non lo so, di nessuno».

— No sé… De nadie.